¿Por qué algunos recuerdos se desvanecen en cuestión de días mientras otros permanecen intactos durante toda la vida?
La ciencia acaba de ofrecer una respuesta más compleja —y fascinante— de lo que se pensaba.
Un nuevo estudio revela que la memoria a largo plazo no depende únicamente del hipocampo, como se creyó durante décadas, sino de una red cerebral mucho más amplia que incluso comparte mecanismos con el sistema inmunológico.
Investigadores de la Universidad Rockefeller, en Nueva York, descubrieron que el cerebro utiliza una serie de “interruptores biológicos” distribuidos en distintas regiones para decidir qué experiencias vale la pena conservar y cuáles pueden olvidarse sin consecuencias.
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Cómo decide el cerebro qué recordar y qué olvidar
Durante años, la explicación dominante fue sencilla: el hipocampo almacenaba los recuerdos recientes y, si eran importantes, los enviaba a la corteza cerebral para guardarlos a largo plazo.
Sin embargo, este modelo no lograba explicar por qué algunos recuerdos profundamente significativos se pierden con facilidad, mientras que otros, aparentemente triviales, permanecen intactos.
El nuevo estudio, publicado en Nature, propone un sistema más sofisticado. A través de experimentos con ratones en entornos de realidad virtual, los científicos observaron que la duración de un recuerdo depende de una coordinación precisa entre varias regiones del cerebro, no solo de una.
El tálamo: una pieza clave de la memoria duradera
Uno de los hallazgos más relevantes es el papel del tálamo, una estructura ubicada en el centro del cerebro.
Tradicionalmente asociado al procesamiento sensorial, ahora se sabe que actúa como un intermediario esencial entre la memoria a corto y largo plazo.
Según los investigadores, el tálamo ayuda a “etiquetar” ciertos recuerdos como valiosos y transmite esa información a la corteza cerebral para que puedan estabilizarse.
Cuando este proceso falla, los recuerdos simplemente se desvanecen, incluso si fueron intensos o emocionalmente relevantes.
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Los genes que deciden qué recuerdos sobreviven
El equipo identificó tres reguladores genéticos fundamentales que funcionan como temporizadores de la memoria:
- Camta1, que ayuda a que el recuerdo recién formado no desaparezca de inmediato.
- Tcf4, que refuerza las conexiones neuronales para sostenerlo en el tiempo.
- Ash1l, que consolida el recuerdo a largo plazo mediante cambios profundos en la estructura celular.
Lo más sorprendente es que Ash1l también participa en la memoria del sistema inmunológico, la que permite al cuerpo “recordar” infecciones pasadas. Esto sugiere que el cerebro reutiliza mecanismos biológicos universales para preservar experiencias importantes.
Qué significa este descubrimiento para la salud cerebral
Comprender cómo se mantienen los recuerdos abre nuevas posibilidades para el tratamiento de trastornos neurológicos.
Según los autores del estudio, conocer estas fases avanzadas de la memoria podría permitir, en el futuro, desviar la información hacia circuitos cerebrales alternativos cuando áreas clave están dañadas, como ocurre en el Alzheimer.
Más que explicar cómo se forma un recuerdo, esta investigación se centra en algo aún más crucial: qué hace que un recuerdo sobreviva al paso del tiempo.
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Una nueva forma de entender la memoria
Este hallazgo cambia la manera en que entendemos la memoria humana. Recordar no es solo almacenar información, sino activar una compleja red de señales genéticas y neuronales que deciden qué experiencias se integran a nuestra identidad.
La ciencia comienza a revelar que nuestros recuerdos más duraderos no son fruto del azar, sino el resultado de un delicado equilibrio biológico que, cuando funciona bien, nos acompaña toda la vida.